Si alguna vez decides cambiar, que el motivo seas tú y no el resto. Solo así valdrá la pena el esfuerzo.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Día cero

Hoy tengo una salida a la montaña, hace años que no salgo para esos lados. Hace tiempo que lo dejé, que la rutina y los deberes me consumieron y yo no hice nada.

Pero hoy, hoy por fin volveré, ha pasado largo tiempo, quizás sea demasiado.
Una amiga me a invitado, ella y mi hermano serán mis compañeros de viaje, les he pedido que sean pacientes, he perdido condición y les bromeó diciendo que la edad me pasa la cuenta, sólo tengo 24 y ellos ya pasaron los 30…. Tengo miedo de no llegar…

Estamos a los pies de la montaña, pleno invierno y el cielo amenaza con lluvia o quizás nieve. No hace frío, o eso quiero creer. Estoy ansiosa por comenzar, deseosa de llegar hasta donde mi cuerpo me lo permita.

Luego de comprar pan hecho en horno de barro, comienza la caminata hasta el sendero que nos llevará a la cima. Y sigo pidiendo al cielo que mi cuerpo, mis piernas y mi voluntad me permitan vivir esta cumbre, que mi ojos puedan grabar esa imagen que sólo ves en las alturas.
Llegamos al inicio del sendero y como ritual de siempre oramos a Dios pidiendo protección en el viaje, finalizamos con un “amén”  unánime y comenzamos a subir. Pasamos a un grupo que comenzó a subir unos minutos antes. Es un grupo grande, hombres y mujeres equipados para disfrutar el viaje, sus rostros reflejan la alegría que se siente estar aquí y noto por sus zapatos que algunos son nuevos en esto. Su primer viaje de muchos.

Diez minutos han pasado desde que comenzamos, diez minutos llevo preguntándome si seré capaz, si lo lograré. Siento una molestia en la cadera, en la articulación, no le hago caso y continúo. Puedo darme cuenta que vamos a mi ritmo, lento, descansando en pequeños tramos. De cierta manera me siento mal, se que están acostumbrados a subir mucho más rápido que esto. Respiro hondo y continúo subiendo.

“los primeros 20 minutos son de cuestionarse qué hace uno aquí, luego de ese tiempo, comienzas a disfrutar” me dice mi amiga, como si yo no supiera, llevó más de 40 preguntándome si era buena idea subir en mal estado físico. Sólo asiento y continúo mi camino.

El dolor se va acentuando y mi hermano lo nota, me pregunta si estoy bien, ambos están preocupados, les digo que me duele la articulación un poco, que no es nada. Y seguimos. Espero llegar.

Mi real tortura comienza cuando debemos escalar, subir por las piedras, un paso a la vez. Más dolor, pero no me rendiré, no aquí, no tan pronto.
Llevamos más de una hora subiendo, nuestros estómagos rugen por comida, decidimos descansar y comer algo. Lo agradezco en silencio, mi pierna duele, y no me explico la razón.

El grupo nos pasa, se ven tan frescos, tan enérgicos y siento envidia de su buen estado.

Luego de comer y reír seguimos, creó que he comenzado a cojear, voy apoyada de un bastón. Concentrada en subir, sólo un paso, uno más, vamos.

“Llegamos hasta donde puedas, no te sobre exijas” me dicen. Rendirme no está en mis planes, quiero llegar, no voy a fracasar, no me rendiré.

Llega un momento en que pienso en detenerme, en bajar. Aún estoy a tiempo, no hemos llegado a la mitad, podría irme a casa… mi espíritu se siente abatido, me decepciono de mi, de no haber hecho algo antes, de estar así de mal.

Delante de mí mis acompañantes hablan de cosas triviales, notan lo extraño que es no haber sentido pájaros a esta hora. Quizás sea el frío.

Me he quedado atrás descansando, los veo a lo lejos subir animados, alguna vez yo fui así. Respiro hondo antes que otro ataque de nostalgia me golpee y comienzo a avanzar, ellos me esperan. No hay apuros. Y es ahí cuando al darse la vuelta para ver donde venía sus ojos se abren de asombro.

“Un cóndor”

Alzó la vista en la misma dirección que ellos, y lo veo. Vuela a escasos metros de mi, majestuoso, imponente, no hay tiempo de sentir miedo, sólo admiró su grandeza, mis oídos logran captar el sonido del viento al ser cortado por sus grandes alas.

En cuestión de segundos vemos otro cóndor, más lejano sobreviviría landó la zona, y ya no es uno, son cuatro. Cuatro aves imponentes sobrevolando el valle. Mi admiración y asombro me han dejado sin habla, sólo un “wow” hace eco en los mente.

“un regalo”

Y no se como pero los he alcanzado, continuamos nuestro viaje, rodeamos la montaña y logró divisar el camino. Una fina línea gris entre tato verde, ahí estaba yo hace unas horas. Mis ojos recorren la distancia y por primera vez desde que comencé a subir me siento orgullosa de mi. Llegaremos en unos minutos.

Más rocas que subir y el dolor no me deja continuar, como algo trivial le preguntó a mi hermano si tiene algo para la inflamación. Noto por su cara que se ha dado cuenta que algo no anda bien. Sonrío, tomó el medicamento y continúo.
“solo un paso más, sólo un paso” lo repito como manera mientras avanzó.

Nos desviamos del camino hacia unas cuevas, el viento ha hecho lo suyo tallando las grandes rocas, me de tengo a contemplar la belleza de la naturaleza, miles de fotografías nacen en distintos lugares, queremos inmortalizar cada milímetro del lugar.

Me siento de mejor ánimo, no se cuanto falta y no importa, unas gotas caen haciéndonos creer que en cualquier instante debemos abandonar nuestro propósito y volver. Pero continuamos no nos detenemos.

Más rocas, más dolor, más frío. Una planicie se extiende frente a nosotros, el viento frío nos golpea el rostro haciendo que debamos abrigarnos mas. Ya no me importa el dolor, algo me dice que llegaré. Mis ojos contemplan a lo lejos la ciudad cubierta de nubes, debe estar lloviendo.
Sonrío para mis adentros, estas imágenes reconfortan mi alma abatida. Renuevo fuerzas y continúo a paso lento.

Unos minutos más y una pila de piedras con una placa nos indica que hemos llegado, estamos en la cumbre. Tengo ganas de llorar, lo logré, no me rendí.
Doy vuelta en todas direcciones, quieto grabar el paisaje en mi subconsciente. Disfrutamos un largo rato del lugar, más fotografías, más locuras. Y mientras ellos bromean algo llama mi atención, algo blanco cae del cielo…. Nieve, está nevando. Es como so el cielo celebrará conmigo. Alzo mi rostro y dejo que los copos caigan sobre el.

Decidimos comenzar a bajar, es algo tarde y el cielo amenaza con más nieve. No traemos equipo para nieve.
Bajo feliz, a cada paso me pregunto cuando pasé por ahí. Lugares inclinados, piedras que escalar. Voy feliz.

Por la inclinación del camino el dolor vuelve, no lo había notado. Ahora son las dos piernas, pero no digo nada. Debo continuar.

En un paso en falso y sin saber cómo, me caigo de espaldas. Y no puedo más. Me río con ganas por la caída. Por que el dolor no me detuvo. Porque lo logré.
Llegamos al paradero, a esa línea gris que se veía a lo lejos. Esperamos la micro.

Me siento un momento y a los segundos me doy cuenta que fue mala idea, no puedo mover las piernas por el dolor. Disimuladamente me coloco en pie y aguanto valiente el dolor. Mañana no me podré mover, estoy segura….

De regreso a casa reflexiono, me he dejado de lado. He descuidado mi condición física, he subido de peso, me he hecho daño y no hice nada. Pero ya es tiempo de cambiar, es tiempo de volver a ser yo, es tiempo de cuidarse, de cambiar mi estilo de vida. Es tiempo de sanar.

Tomará tiempo y no será fácil. Pero lo haré con la misma determinación con la que subí esa montaña, sin importar el dolor, el cansancio, sin tomar en cuenta esa voz en mi cabeza que me rogaba por  que me rindiera. Lo haré por mi. Por nadie más. Lo haré por lo que amo, subir montañas, descubrir paisajes que pocos han visto. Lucharé por llegar un poca as lejos, sólo debo ir un paso a la vez.

Desde ahora, desde hoy, comienza mi cambio.